El arte del servicio | Lo que la calidad en la atención puede aprender del oficio del artista

Calidad en el servicio, Mtro. Jazziel Ortegón López -

El arte del servicio | Lo que la calidad en la atención puede aprender del oficio del artista

Cualquiera que haya entrado a una galería donde la luz cae con precisión sobre un lienzo, donde el silencio parece haber sido compuesto y donde el personal anticipa una pregunta antes de que se pronuncie, ha vivido algo más que una visita: ha vivido una experiencia. Y “experiencia” es, justamente, la palabra que sienta a la misma mesa a dos mundos que rara vez conversan: el del arte y el de la calidad en el servicio. Quien escribe esto se dedica a lo segundo, pero ha aprendido que las preguntas más fértiles sobre cómo atender bien a las personas suelen formularse mejor en el lenguaje de lo primero.

Durante décadas, las empresas creyeron que vender consistía en entregar bienes o ejecutar funciones. Pine y Gilmore (1998) advirtieron un desplazamiento decisivo: en una economía madura, lo que el cliente valora ya no es solo el producto, sino la experiencia memorable que lo rodea. Una taza de café puede costar unos centavos como materia prima y varios pesos como bebida; pero servida en un espacio diseñado para evocar pertenencia, su valor se multiplica. Esa puesta en escena —la palabra es deliberadamente teatral— es donde el servicio empieza a parecerse al arte: ambos orquestan estímulos para producir una emoción que perdura.

La experiencia como escenario

El paralelismo no es meramente retórico. El arte y el servicio comparten una misma materia prima invisible: la percepción. Grönroos (1984) fue de los primeros en sostener que la calidad de un servicio no es lo que la organización cree entregar, sino lo que el cliente percibe haber recibido, contrastado con lo que esperaba. Es una definición sorprendentemente próxima a la de la estética: una obra no “vale” por la suma de sus pigmentos, sino por la experiencia que suscita en quien la contempla. En ambos casos, el resultado se juega en la subjetividad del receptor, y por eso ambos exigen una atención casi artesanal al detalle.

El fenómeno es universal y atraviesa cada sector. En la hotelería de lujo, lo que distingue a una cadena no es el colchón, sino la coreografía de gestos que hace sentir esperado al huésped. En la alta gastronomía, el plato es apenas el final de una narrativa sensorial que empezó con la iluminación y el sonido del comedor. En el comercio minorista, una marca como Apple convirtió el acto de comprar en una visita casi museística, con sus mesas despejadas y su luz uniforme. Incluso en la banca o en los servicios de salud, donde la función parece dominarlo todo, la diferencia entre una experiencia tolerable y una memorable se decide en matices estéticos y humanos. El principio, en todos los casos, es el mismo: la forma comunica, y la forma cuidada es ya una promesa de calidad.

Las cinco dimensiones, leídas como una composición

El instrumento más influyente para medir esa percepción es el modelo SERVQUAL de Parasuraman, Zeithaml y Berry (1988), que descompone la calidad en cinco dimensiones: elementos tangibles, fiabilidad, capacidad de respuesta, seguridad y empatía. Evidencia reciente confirma que esas dimensiones siguen prediciendo de forma robusta la satisfacción del cliente en contextos tan diversos como la banca digital, la hotelería o el comercio electrónico de productos perecederos (Wong et al., 2024). Pero conviene leerlas con sensibilidad estética, porque cada una tiene un equivalente en el taller del artista.

Los elementos tangibles —la pulcritud de un local, la tipografía de un menú, la textura de un empaque— son la composición visual de la obra: aquello que comunica antes de cualquier palabra. La fiabilidad es el oficio depurado del maestro que repite un gesto mil veces sin que pierda precisión. La capacidad de respuesta es el ritmo, el tempo que sostiene la atención del espectador. La seguridad es la autoridad serena de quien domina su materia y transmite confianza. Y la empatía, quizá la más artística de todas, es la capacidad de mirar al otro y componer para él, no para uno mismo.

La estética que conmueve y fideliza

Que lo bello no es un adorno superfluo, sino un motor económico, lo argumenta con claridad Hagtvedt (2022): cuando un producto o una marca alcanzan suficiente impacto estético —cuando son interesantes, agradables, significativos o emocionalmente conmovedores— trascienden el terreno de la mera funcionalidad y entran en el territorio del arte. Esa frontera es exactamente la que cruza un servicio excepcional: deja de “resolver un trámite” para convertirse en algo que el cliente recuerda y desea repetir. La estética, lejos de ser frívola, es uno de los caminos más directos hacia la lealtad.

La experiencia estética, además, no es pasiva. Świątek et al. (2024) muestran que la profundidad con que alguien disfruta una obra depende de su disposición a involucrarse cognitivamente con ella: mientras mayor es la necesidad de comprender, más rica resulta la vivencia. La lección para quien presta servicios es elegante: los clientes no quieren solo ser atendidos, quieren ser involucrados. Un servicio que invita a participar —que explica, que personaliza, que convierte al usuario en cómplice— genera una satisfacción cualitativamente superior a la del simple despacho eficiente.

Conviene insistir en este punto porque suele subestimarse en la práctica gerencial. La belleza de una experiencia de servicio no es un gasto decorativo que se recorta cuando aprietan los números; es una inversión en la memoria del cliente. Una percepción estética intensa prolonga el tiempo que la persona pasa en el espacio, eleva su disposición a volver y nutre la recomendación espontánea, esa publicidad que ningún presupuesto compra. Lo que el arte enseña, en suma, es que el detalle aparentemente gratuito —una palabra amable, una luz cálida, un empaque pensado— es muchas veces lo que separa al cliente que cumple del cliente que celebra.

El museo como laboratorio del servicio

Ninguna institución encarna mejor este cruce que el museo, donde el arte es el producto y la calidad del servicio determina si el visitante regresa. La investigación contemporánea lo confirma con datos. Huo et al. (2024), analizando decenas de miles de reseñas en línea, demuestran que las experiencias personales del visitante —no solo el valor de las obras expuestas— inciden directamente en su satisfacción. En la misma línea, un extenso estudio basado en aprendizaje automático sobre treinta museos halló que más del setenta y cinco por ciento de los visitantes reportaron experiencias positivas, y que los principales motores de satisfacción fueron las colecciones ricas, los rasgos distintivos y, de manera notable, las experiencias inmersivas (Jiang et al., 2025). Dicho de otro modo: ni la obra más sublime salva a una institución que descuida la atención, la orientación o el trato humano. El arte necesita del buen servicio tanto como el servicio puede aspirar a la condición de arte.

Dos oficios que se necesitan

De este diálogo surgen dos enseñanzas recíprocas. La gestión de la calidad puede aprender del arte que la excelencia no se decreta: se compone, se ensaya y se ejecuta con la misma obsesión por el detalle que un músico dedica a un pasaje difícil. Atender bien es una forma de autoría. Y las instituciones culturales, por su parte, harían bien en aceptar que su misión estética no las exime del rigor del servicio: la empatía, la fiabilidad y la respuesta oportuna son tan parte de la experiencia como la pieza expuesta.

Quizá la conclusión sea más sencilla de lo que parece. En el fondo, tanto el artista como quien sirve persiguen lo mismo: provocar en otro ser humano una emoción que merezca ser recordada. Cuando lo logran, la transacción desaparece y queda, en su lugar, algo parecido a la belleza. Atender, bien entendido, también es un arte.

Referencias

Grönroos, C. (1984). A service quality model and its marketing implications. European Journal of Marketing, 18(4), 36–44. https://doi.org/10.1108/EUM0000000004784

Hagtvedt, H. (2022). A brand (new) experience: Art, aesthetics, and sensory effects. Journal of the Academy of Marketing Science, 50(3), 425–428. https://doi.org/10.1007/s11747-021-00833-8

Huo, H., Shen, K., Han, C., & Yang, M. (2024). Measuring the relationship between museumattributes and visitors: An application of topic model on museum online reviews. PLOS ONE, 19(7), e0304901. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0304901

Jiang, Y., Pashkevych, K., & Bi, S. (2025). Evaluating visitor perception and spatial preferencesof various museums based on machine learning from 2016 to 2024. PLOS ONE, 20(7), e0327112. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0327112

Parasuraman, A., Zeithaml, V. A., & Berry, L. L. (1988). SERVQUAL: A multiple-item scale for measuring consumer perceptions of service quality. Journal of Retailing, 64(1), 12–40.

Pine, B. J., & Gilmore, J. H. (1998). Welcome to the experience economy. Harvard Business Review, 76(4), 97–105.

Świątek, A. H., Szcześniak, M., Stempień, M., Wojtkowiak, K., & Chmiel, M. (2024). The mediating effect of the need for cognition between aesthetic experiences and aestheticcompetence in art. Scientific Reports, 14, Article 3414. https://doi.org/10.1038/s41598-024-53957-6

Wong, C. H., Madhavedi, S., Pandey, R. K., Lim, E. T., Cheng, K. W., Xue, Y., & Prompanyo, M. (2024). Customer satisfaction through service quality dimensions: A study on perishable products purchased through online mobile apps in Klang Valley, Malaysia. Journal of Infrastructure, Policy and Development, 8(15), 8791. https://doi.org/10.24294/jipd8791

 


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